Las llaves

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Salieron todos por la madrugada de aquel 31 de diciembre, cada uno tenía una tarea por hacer para conseguir lo que prepararían de cena para el año nuevo. Rosa debía buscar la harina para hacer el pan, Rosario necesitaba comprar un lechón y mandarlo a sacrificar, Rubén traería la leña y Ramon las verduras y vegetales para la sopa, a Rita le tocaba la gallina, desplumada y compuesta. Nadie sabe quien salió de último, ni quien salió de primero se dieron cuenta. Alistadas las mulas para el largo camino hasta el pueblo, cerrada quedo la casa y en el pequeño porche, San Blas, el viejo perro guardián, era el centinela que esperaba la llegada de sus amos hasta la tarde.

Las llaves

Y el perro no los veía

Oscureció, cada uno en su mula cargada con el mandado se iba acercando a la casa por diferentes caminos, una llovizna acompañaba el andar de todos, a medida que se enlodaba el zaguán principal, pero San Blas no los veía llegar, el olor del lechón en la mula de Rosario, el de la Gallina en la bestia de Rita y el disipado aire de la sabana por la lluviecita, distraían el olfato del guardián. Solo había una cosa que San Blas identificaba siempre a kilómetros, el sonido campaneante de las llaves de sus amos al acercarse, con lo que, le llamaban para acompañarles por el Zaguán hasta la puerta, cuidándoles de los peligros que advertía en el monte oscuro. Era como una clave para el fiel centurión de la casa, con el distinguía a los suyos de los ladrones, era el anuncio de que ya no estaba solo y que pronto la fiesta de año nuevo comenzaría. Pero al juntarse los andares de todos en la entrada lejana, faltaba precisamente hacer aquel llamado tan conocido para el viejo y casi ciego animal, cuya ferocidad era tanta como su envejecido sentido.

¿Dónde dejaste las llaves Ramón?

Ramon había bebido, Rita no se había perfumado, Rosario no llevaba la acostumbrada lampara y Rubén traía en su ropa los olores del empantanado camino, corrió entonces el confundido animal, en una increíble confusión para un perro de su experiencia, lanzándose sobre la mula de Rosa, quien fue la única que se acordó de buscar las llaves en su saco, pero sin encontrarlas, solo le quedó subirse al árbol, huyendo de los ladridos del guardián, las voces de todos al mismo tiempo, la lluvia, los grillos y los relinches de las mulas, no dejaron a san Blas reconocer a sus amos.

Las llaves

Rosario trató de correr a la puerta, Ramón con un palo correteó aquella bestia salvaje, enardecida por no saber de quien se trataba: “soy yo San Blas!” gritaba el pobre hombre, ya en el suelo con sus fauces buscando su cuello, que sólo se salvó porque Rita, echó a andar en la mula en esa distracción hacia el zaguán a toda marcha, correteada por San Blas, hasta caer junto a la leña de Rubén a pocos pasos de la puerta, a donde llegó el feroz canino, aun confundido y exaltado, uno a uno los fue arrinconando, empujándolos con su amenaza hacia la cerca, mientras se escuchaban las campanadas de medianoche, entrando ya el nuevo año, Ramón veía, en medio de su borrachera, las llaves pegadas en el candado de la puerta colgando.

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