La rana gritona y el león

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Como era de costumbre, el león se la pasaba merodeando por los alrededores. De repente, se le secó la garganta y se fue al lago para poder quitarse la sed que tenía. Al estar unos minutos allí, escuchó unos sonidos que venían de muy lejos. Este no pudo reconocer el sonido que escuchaba. Aunque, de lo que sí estaba muy seguro es que era un animal de esos lugares. A juzgar por la magnitud del sonido, creyó que era algún animal grande, con mucha fuerza y rango de importancia en el lugar.

Pero había algo que no sabía el rey de la selva y era que no conocía de la presencia de una rana que le gustaba pasarse el día gritando muy pero muy alto. Esto lo hacía para que todos a los alrededores oyeran su croar. La razón de ello era porque le gustaba a la pequeña rana ser el centro de atención.

Pero el león estaba muy intrigado por quién era el animal que era capaz de emitir tan alto y fuerte sonido. Así que, para ello, prestó atención durante un buen lapso de tiempo. Al pasar un rato, se escuchó de nuevo los gritos. El león agudizó sus sentidos y logró darse cuenta de que una rana estaba saliendo de su estanque. Esta, encima, estaba muy bañada de puro orgullo, ya que todos los demás animales la observaban y la consideraban por haber hecho tal escándalo.

El león no pudo soportar tal acto, ya que sentía que era una insolencia ante su figura como rey de la selva. Entonces, molesto por aquello que había hecho la chillona rana, poco a poco, se fue acercando cada vez más a esta misma y, de un solo golpe, logró aplastarla. En ese momento, dijo al unísono:

“¡Tú, rana chillona de tan pequeño tamaño, te atreves a andar pegando gritos como si tuviéramos que soportarlos!”