Un día, una reina peinaba a su hija. En ese momento, encontró un piojo en la cabellera de la princesa. Ambas, impresionadas, decidieron cuidarlo hasta que creciera. El piojito creció mucho, hasta que su vida terminó, y la reina y la princesa se sintieron muy mal. Para recordarlo, hicieron un delicado tambor con la piel del animal.

La pequeña, mientras tocaba su tambor de piel de piojo, le preguntó a su madre si algún día alguien podría adivinar de qué piel estaba hecho. A lo que su madre contestó que nadie, nunca, lo adivinaría. Durante esta conversación, el rey estuvo escuchando lo dicho.

El rey pensó que gracias al tambor de piel de piojo podría ganar algunas monedas. Así pues, llamó a todo el pueblo para que adivinaran de qué piel estaba hecho el tambor, prometiendo un gran premio. Y quienes no adivinaran, debían pagarle al rey. Algunos dijeron que estaba hecho de zorro. Otros añadieron que era de vaca. Unos pocos alegaron que estaba hecho de burro. Ninguno adivinó, y el rey se hinchó con dinero del pueblo.

En el pueblo existía un mozo el cual decidió probar suerte, durante su viaje al castillo del rey se cruzó con un hombre en su camino. Este hombre estaba acostado en el suelo, y se encontraba escuchando cómo nacía la hierba. Eso llamó la atención del mozo, pues se dio cuenta que dicho hombre tenía un gran oído, el cual le serviría para que adivinara la piel del tambor escuchando su sonido al ser tocado.

Camino al palacio, el mozo y su amigo se encontraron con otro hombre, el cual estaba arrancando árboles, puesto que tenía una fuerza impresionante. Ambos, impresionados, le pidieron que se uniera a su viaje, y este aceptó sin chistar al enterarse del gran premio que podrían ganar.

Los tres llegaron a la ciudad donde estaba el palacio del rey. Allí, se dispusieron a adivinar de qué clase de piel estaba hecho el tambor de la reina, y su hija, la princesa. Si adivinaban, los tres ganarían una fortuna inigualable.

Esta vez, el mozo, a diferencia de los demás participantes, fue muy astuto. Mandó al hombre de buen oído al palacio, para que tratara de escuchar las conversaciones del rey, esperando que este dijera de qué piel estaba hecho el tambor.

Así pues, el hombre se acercó al palacio, y escuchó cuando el rey decía: “¡con este tambor hecho de piel de piojo hemos logrado una fortuna!”. Luego de lo escuchado, el hombre regresó con sus dos compañeros y les comentó lo sucedido. Así pues, los tres se colocaron en la cola para poder participar por el codiciado premio único.

Luego de unas horas allí esperando, tuvieron su turno de adivinar. En este momento, el mozo, muy confiado, dijo: su majestad, su tambor está hecho con la peculiar piel del piojo, ¿no es así?

El rey, ante tales palabras se quedó atónito. Estaba muy asustado, y no quería entregar todo su dinero a estos tres hombres. Lleno de furia y de nervios, el rey aceptó entregar el premio, pero con la condición de que solo uno de los tres hombres, podría llevarse tanto oro como pudiese cargar en peso. Así pues, el rey pensó que no podrían aguantar el peso de la gran bolsa de monedas, y tendrían que dejar parte del premio en el palacio. Pero esto no fue así.

El mozo, muy confiado, encargó a su amigo que arrancaba árboles enteros del suelo para que llevara el premio. Este, con una sola mano, pudo levantar el saco de monedas completo. El rey, de la indignación se desmayó, mientras que los tres amigos emprendían su camino de regreso a casa con el tan codiciado premio.