Érase una vez un padre que tenía dos hijas en edad de casarse. Al final las dos encontraron pareja, una con el propietario de unas huertas inmensas. La otra con un fabricante tradicional de ladrillos.

Al cabo del tiempo después de la boda, el padre fue a visitar a cada una de las hijas. La primera, que se casó con el hortelano, le dijo que estaba genial y feliz, pero que cada noche rezaba para que lloviera con el fin de que la huerta tuviese el mayor rendimiento posible.

El padre y las dos hijas

Tras ella acudió a ver a su segunda hija y también le confesó estar perfectamente con su marido, pero ella rezaba todas las noches pidiendo a diario que no lloviera, de esta forma el ladrillo se secaba mejor y se podía vender con una gran dureza a los clientes.

He aquí que el padre se encontró en una grave encrucijada, pues ¿a qué hija iba a apoyar en sus rezos?

Moraleja: Es completamente imposible quedar bien con todo el mundo y complacer a todos por igual.