El conserje del colegio

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Desde que comencé las clases algunos de mis compañeros me hablaron sobre un personaje muy reconocido en el colegio. Se trataba del conserje del colegio. Aquel hombre que se dedicaba diariamente a mantener cada aula de clase y cada baño en perfecto estado. Nunca me informaron por qué dicha persona era tan conocida en la institución, así que decidí descubrirlo por mí mismo.

Todos los días, al llegar a la escuela, miraba el patio y jardines para encontrar al conserje del colegio. Sin embargo, algunas veces el sonido de la campana me ganaba y debía entrar rápidamente a clase.

Al ser un nuevo estudiante solía hablar con pocas personas. De hecho, solo conversaba con los compañeros que se sentaban a mi alrededor en el aula. Ellos fueron quienes me hablaron del popular señor. Intentaba relacionarme con otras personas, pero era imposible, los nervios me ganaban y no quería cometer algún error.

El conserje del colegio

Un día, al sonar la campana de la hora del almuerzo, rumbo al comedor, por fin lo vi. “Ahí está”, pensé apenas observé al famoso personaje. Me acerqué a él pero definitivamente no tenía idea de cómo podía iniciar una conversación. Tanto tiempo buscándolo y no había tenido chance ni siquiera de pensar qué le diría. Inmediatamente decidí preguntarle dónde podía tomar la bandeja del almuerzo y él muy amablemente me apuntó con su dedo índice hacia la zona de la comida. Le agradecí y fui a tomar la bandeja, el almuerzo y mi bebida favorita, el jugo de naranja.

Al buscar asientos disponibles, observé que había no solo una silla libre, sino toda una mesa. Aumenté el paso y me dirigí a la zona que había visto, me senté y comencé a comer. Muchas personas pasaban pero supongo que al ser nuevo no querían siquiera acercarse a preguntarme si podrían comer conmigo. Sin embargo, hubo una persona que sin pensarlo me acompañó durante el almuerzo.

“¿Quieres compañía?”, me preguntó alguien. Subí la cabeza y noté que era el conserje del colegio. Emocionado acepté su oferta e inmediatamente se sentó. Ninguno de los dos habló durante un buen rato. De hecho, ya la situación me incomodaba un poco, así que decidí romper el hielo.

El conserje del colegio

“¿Cómo está?, ¿qué tal es trabajar en un colegio?”, le pregunté. El señor me miró por un rato y se rió. Me comentó que jamás un alumno se había preocupado por preguntarle cómo estaba o cómo se sentía y me agradeció por haberlo hecho.

Desde ese momento aprendí que la popularidad que tenía el conserje del colegio se debía únicamente a su trato amable con los estudiantes. Sin embargo, absolutamente ninguno de ellos se preocupaba por su estado de ánimo. A nadie se le había ocurrido preguntarle qué tal había sido su día.

Ese preciso instante en que finalmente nos conocimos lo guardo como un grato recuerdo. Desde entonces, el conserje del colegio y yo somos excelentes amigos. A veces la vida y las personas nos pasan por el frente y no las notamos hasta el día en que las necesitamos. Por ello, por muy simple que parezca, siempre es bueno tener un gesto amable, incluso con los desconocidos.