Érase una vez un ciego que tenía una gran habilidad para adivinar qué especie de animal estaba tocando, sin necesidad de verla. Sólo con el olfato y, sobre todo, su desarrollado sentido del tacto, podría adivinar qué clase de animal tenía junto a él.

ciego

Con el fin de probar su talento, unos amigos le llevaron un lobezno y el ciego, extrañado, comenzó a palparlo por todo su cuerpo. Al final confesó que no tenía claro qué animal era en realidad, pues no sabía con exactitud si era hijo de loba, hijo de zorra o hijo de algún animal similar a estos dos. De algo sí estaba completamente seguro, sin embargo.

– “¿De qué?”, le preguntaron extrañados sus amigos.

– “De que no debe vivir entre un rebaño de corderos”, les contestó.

Moraleja: No importa si no se puede ver de forma completa o con una claridad total, la maldad se reconoce con que tan sólo una característica suya sea visible.