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Simbad el marino

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Hace muchos años vivía en Bagdad un joven de nombre Simbad. Era tan pobre que se tenía que dedicar a transportar fardos de un lado para otro. El destino hizo que un hombre bastante potentado ordenó a su criado que llevase a Simbad a su presencia. Una vez que llegó a la sala donde se encontraba el millonario, pudo ver una mesa llena de delicias inigualables, y alrededor se encontraban sentadas varias personas.

Simbad empezó a contar la historia de su vida, y de cómo pese a haber tenido un padre rico y a haber heredado una gran fortuna, sus derroches lo hicieron volverse pobre, por lo que vendió lo poco que le quedaba y se marchó con unos mercaderes hasta que llegaron a una isla.

Cuando se quisieron dar cuenta, la supuesta isla se trataba en realidad de una ballena, por lo que todos quedaron a merced de las corrientes. Finalmente logró llegar a tierra firme y cogió el primer barco que zarpaba de vuelta a Bagdad.

Cuando llegó a este punto fue interrumpido y recibió 100 monedas de oro, diciéndole que volviese al día siguiente. De nuevo Simbad volvió a la casa y continuó contando su historia, explicando que en una ocasión se quedó dormido y el barco se marchó sin él, por lo que se adentró en el valle y encontró una gran cantidad de diamantes. Cogió todos los que pudo y se ató un trozo de carne para que lo cogiese un águila para llevarlo a su nido, y así fue cómo salió del lugar.

De nuevo recibió otras 100 monedas de oro por su relato, y con la promesa de volver de nuevo y seguir contando sus aventuras. Esta situación se presentó en varias ocasiones, consiguiendo otras 100 monedas de oro en cada una de ellas.

Finalmente, Simbad explicó que en uno de sus últimos viajes llegó como esclavo de un traficante de marfil, pero en una de las cacerías Simbad acabó a lomos de uno de estos elefantes que lo llevó a un cementerio de elefantes, donde existía tanto marfil que ya no iba a ser necesario matar a más elefantes.

Como agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y lo llenó de riquezas.