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Rumpelstikin

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Hubo una vez un molinero que presumía frente al rey de que su hija era la mejor hilandera, tanto era lo que presumía del don de su hija que incluso llegó a afirmar que era capaz de conervertir la hierba seca en oro.

Esto sorprendió mucho al rey y le dijo al molinero la llevase a palacio para ponerla a prueba. Una vez que llegó, el rey la llevó a una habitación donde había una rueca y un montón de hierba seca, diciéndole que se pusiese para convertir todas esas hojas en oro. Si no lo conseguía, pagaría la mentira de su padre con su defunción.

La chica estaba tan desesperada que no sabía lo que iba a hacer, ya que se trataba de algo imposible. No obstante, de repente apareció un pequeño duende que le preguntó que por qué estaba llorando. La muchacha le comento lo sucedido, y el duende dijo que si conseguía ayudarla, tendría que darle algo a cambio.

La niña le ofreció su collar, por lo que el hombrecillo hizo magia y convirtió la hierba en oro. Al día siguiente entró el rey y se sorprendió, llevándola esta vez a una habitación mucho más grande. Fue entonces cuando el duendecillo volvió a aparecer y la niña en esta ocasión le ofreció su sortija.

De nuevo volvió a convertir todo en oro y el rey la pasó a una habitación mayor, pero la joven ya no tenía nada que ofrecer al hombrecillo. Por ello, el duende de dijo que si lo hacía debería entregarle su primer hijo.

Finalmente, la chica se casó con el príncipe y años más tarde nació el hijo, aunque la ahora princesa ya no se acordaba de su compromiso. Cuando volvió a aparecer el duendecillo, la muchacha estaba desconsolada porque no quería entregarle su hijo. Por ello, le dio la posibilidad de adivinar su nombre, con lo que dejaría que se quedase con su pequeño.

No obstante, en un paseo, la princesa pudo encontrar a un duendecillo que utilizó el nombre Rumpelstikin, por lo que preguntó a su duende si él se llamaba así, lo que hizo que pudiese conservar a su hijo y el duende desapareciese para siempre.