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¡Papá, hay suficiente para que coman varios!

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Érase una vez una familia con grandes cantidades de riqueza, que tenía un palacio con montones de oro y más de 200 sirvientes que atendían a las hijas de esta familia perteneciente a la nobleza. Se trataba de una familia realmente popular, conocida de sobras entre sus vecinos, pero que no contaba con la aceptación de todo el mundo por tener un padre ciertamente poco comprensivo.

Eran tan ricos que no disponían de suficiente tiempo libre, en el que gastar tantísima riqueza, y el palacio en el cual vivían era tan enorme que había días en los que incluso podían llegar a ni verse.

Un martes de la semana segunda del mes séptimo, llegó al palacio una mujer humilde con sus dos hijas y llamó a la puerta de aquel palacio, en el que vivía la familia noble, solicitando ayuda porque su marido había perdido el trabajo y no tenían suficiente dinero para comprar alimentos. Les abrió la puerta la pequeña de las hijas, de nombre Maribel y con gusto los invitó a pasar a palacio para convidarles a lo que necesitasen durante el tiempo que fuese necesario. Sin embargo, esta posibilidad no gustó al padre de las niñas que rápidamente mandó expulsar del palacio a aquella mujer y también, a sus hijas.

Maribel no entendía en absoluto lo que estaba sucediendo. De hecho, pensaba que con tanta riqueza como tenían, no pasaría nada por compartir una parte con aquellos que realmente lo necesitaban y se encontraban sufriendo, pero su padre, que era muy egoísta no accedió.

Al día después, el padre de Maribel que era un hombre muy uraño y también desagradecido, marchó a la ciudad a realizar unas compras y se olvidó las llaves con las que entrar. Cuando volvió a palacio, se encontró que ni su mujer, hijas ni tampoco los empleados de palacio le habrían la puerta y tuvo que probar por unos días, las dificultades en las que se encontraba la familia humilde por los pocos recursos. Diez días después de aquel suceso, el hombre se transformó en una persona amable, donó parte de su fortuna para comprar tierras a los más necesitados en las que pudieran cultivar y prosperar, contribuyendo a la felicidad de sus vecinos del lugar.

Moraleja:

De nada sirve tener mucho y no compartirlo con los demás que lo necesitan. Lo maravilloso de la naturaleza humana reside en ayudar a los demás sin esperar nada a cambio, porque cuando lo haces altruistamente, en ello reside la satisfacción plena.