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La niña de los fósforos

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Cuenta la historia que una vez había una niña que la última noche del año se encontraba vendiendo cerillas por la calle. Era tan pobre que el frío hacía de ella su mayor tortura, pero para empeorar la situación, en un momento en el que se disponía a cruzar la calle, corrió para no ser atropellada por los coches que venían, con tan mala suerte que perdió sus zapatos y no pudo volver a encontrarlos.

Anduvo descalza durante largo tiempo hasta que sus pequeños piececitos se pusieron morados por el frío. En su delantal guardaba un puñado de fósforos, ya que se ganaba la vida vendiéndolos por las calles, pero este día no había tenido suerte y se encontraba muerta de frío y sin un céntimo en el bolsillo.

Finalmente se sentó en el suelo ya que tenía miedo de volver a casa sin haber vendido nada, ya que su padre le pegaba a menudo. Decidió encender uno de los fósforos para calentar sus manos, y al principio se sintió como si de una estufa se tratase, ayudándole a soñar que se encontraba junto a una chimenea de leña. Pero poco después se apagó y procedió a encender un segundo fósforo y gracias a su luz pudo ver, gracias a su imaginación, el interior de una habitación una mesa puesta con algunas sabrosas frutas y un pato asado.

El pato salió de su bandeja y, portando un tenedor y un cuchillo, se dirigió a la pequeña, pero la segunda cerilla se apagó y dejó de ver. Por ello procedió a encender una tercera y en esta ocasión se encontró bajo un árbol de Navidad, hasta que se apagó y se dio cuenta de que las luces que veía eran las estrellas.

En ese instante vio pasar una estrella fugaz y supo que su abuela había muerto, y al encender la cuarta cerilla pudo ver su imagen y le pidió que la llevase con ella.

Para no dejar de verla encendió el resto de cerillas que le quedaban, y en ese instante, la abuela tomó su mano y la llevó con ella. Al día siguiente, en aquel rincón tan sólo quedaba el cuerpo de la pequeña que no había podido resistir al frío, pero ella ya se encontraba bajo el árbol de Navidad, junto a la chimenea y con todos los manjares que pudiese disfrutar.