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El suspiro del rey

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Había una vez un gran castillo  en el rincón mas alejado del mundo, sobre las grandes montañas con forma de V que era dominado por un rey al que todos temían en su reino por su mal carácter así como por sus malas acciones.

 

 

No había un solo habitante del reino que no temiese al rey, ya que ante el enojo de este podían ser expulsados de su casa o humillados ante todos… una situación para nada agradable. Este rey tenía una mujer e hija, ambas las mas guapas y buenas de todo el reino cosa que le hacia sentir el hombre mas afortunado del mundo. Pasaron y pasaron los años lentamente … y con ellos fueron creciendo la pequeña hija del rey hasta hacerse toda una mujercita, digna del mas bello príncipe. A la vez, el rey que ya de por sí era malvado se fue haciendo cada vez peor hasta el punto que en muchas ocasiones se enfadaba mucho con su hija por cosas que el consideraba tonterías.

Así fue como la pequeña Matilde, la hija del rey, se marchó un día tras un gran enfado de su padre porque esta había cogido una rosa del gran jardín de su padre. Poco tiempo paso cuando el rey que pensaba no echaría de menos a su hija comenzó a hacerlo, cada día que pasaba se lamentaba mas de su actitud y tonto enfado. Un día, cuando no pudo esperar mas sin ver a su hija decidió salir personalmente a buscarla por cada uno de los grandes páramos del gran reino … así fue como el rey estuvo buscándola por largos días ya que ninguno de los habitantes de su reino le ayudaba cuando este preguntaba por su paradero.

No fue hasta el tercer día de búsqueda cuando la encontró conviviendo feliz en la casa de un aldeano que la acogió, fue en ese momento cuando le pidió que volviese al castillo con el ya que no solo cambiaría su actitud con ella sino también con cada uno de los habitantes del reino.

Así fue como el rey disfrutó de una vida plena rodeada de personas que lo querían pues desde ese día su actitud como prometió cambió de una forma radical, ahora los aldeanos no lo odiaban por sus acciones sino que le querían muchísimo pues su generosidad era mucha.