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El ruiseñor

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De todos los países llegaban viajeros a la ciudad imperial, y admiraban el palacio y el jardín; pero en cuanto oían al ruiseñor, reconocían que era lo mejor del lugar.

Esto hizo que muchos escribiesen sobre este magnífico ruiseñor, hasta que libros se difundieron por el mundo, y algunos fueron leídos por el Emperador.

El Emperador nunca había oído hablar del ruiseñor, y por ello llamó al mayordomo para que le informara, pero el hombre tampoco tenía idea alguna de lo que hablaban los libros. El Emperador ordenó que lo buscasen para que cantase en su presencia.

Finalmente, una joven que trabajaba en la cocina reconoció que lo había escuchado cantar, por lo que se adentraron en los jardines hasta que lo encontraron.

Lo llevaron frente al Emperador y prepararon una gran fiesta en la que el ruiseñor cantaría, y tras hacerlo, el Emperador lloró y quiso premiarlo, pero el ruiseñor le dijo que sus lágrimas eran suficiente recompensa.

A partir de entonces fue mucha la gente que llegó para oír cantar al pájaro, hasta que un día desapareció. Todos lo tildaron de desagradecido y buscaron otro ruiseñor que lo reemplazase, pero no consiguieron dar con ninguno.

Poco después, el Emperador enfermó, y cuando pensaban que estaba a punto de morir, y lo único que pedía era escuchar de nuevo al ruiseñor. De repente y cuando todo parecía perdido, el ruiseñor apareció de nuevo.

Gracias a su canto consiguió salvar la vida del Emperador, y con ello, devolvió de nuevo las verdaderas riquezas al reino.